domingo, 23 de agosto de 2009

La Alegría de Vivir. Dr. René Dubos

Se dice que la felicidad no es de este mundo. Y, sin embargo, yo la he experimentado muchas veces, tanto en mi cuerpo como en la imaginación. La experimento cuando percibo las señales anunciadoras de la primavera, cuando la vida orgánica empieza de nuevo y todo vuelve a parecer posible. Las promesas de la pascua me gustan más que las plenitudes del verano. Una fuente que surge de la tierra me recuerda la creación del mundo; la obertura de los brotes confirma mi fe en una eterna renovación de la vida.


Siento felicidad también cuando sale el Sol y el aire es todavía virgen y el día aún abierto. Tanto si la atmósfera es limpida y da la ilusión de la seguridad, como si l aniebla envuelve el mundo de misterios, me gusta oír cómo la vida vuelve a nacer con los primeros ruidos de la Naturaleza y de la calle. Yo también, por la mañana, siento el deseo de ponerme en camino.


La forma más elemental de bienestar o felicidad es, indudablemente, la experiencia orgánica simple de sentir cómo pasa la vida por el cuerpo, la simple alegría biológica de vivir. Algunos mamíferos deben sentir esta alegría; se la adivina en el juego de un gatito, de un cabrito o de un potro cuando empieza la primavera, y en la impresión de bienestar físico que da un gato cuando se estira al Sol o al fuego de una chimenea.


Todavía hoy podemos encontrar innumerables manifestaciones de una sencilla alegría de vivir entre las poblaciones arcaicas; así como entre las clases sociales económicamente débiles de los países más evolucionados. Me viene a la memoria el recuerdo de una expresión de felicidad completa en la mirada y la sonrisa de una pequeña australiana aborigen al descubrir una larva enorme y delicada bajo la corteza de un árbol. Y existen admirables fotografías que ilustran la alegría de vivir que experimentan las personas de poblados llamados primitivos cuando miman a sus niños, charlan con sus compañeros, o participan en alguna fiesta de la tribu.


También mediante sus monumentos, sus ceremonias y sus ritos, las sociedades expresan sus más profundas tendencias y revelan lo que ellas creen ser o lo que querrían llegar a ser. Si los centros de las ciudades modernas son generalmente decepcionantes, es porque nada trasciende en ellos la vida material. Los almacenes de alimentación y de calzado ocupan en ellos el lugar que en otro tiempo ocuparon los edificios religiosos y civiles, los anuncios publicitarios remplazan a los monumentos de santos y héroes; el ruido de los automóviles apaga las voces de los viandantes y el sonido de las campanas. La gran miseria de la vida moderna es que únicamente satisface las necesidades materiales de la existencia, y no ha creado el equivalente en nuestra época de las catedrales, las oriflamas, las campanas o incluso los cuernos de caza que durante tanto tiempo alimentaron los sueños de la Humanidad.


El sentimiento religioso y el sentimiento nacional se han debilitado durante la segunda parte del siglo XX y no ha aparecido ninguna otra fuerza para ocupar su lugar, las contraculturas de nuestra época se definen fácilmente po aquello a lo que se oponen - sociedad de consumo, nacionalismo económico y militar, colonialismo en todas sus formas - pero no tienen ninguna doctrina filosófica y social que pueda servir de dureza cohesiva.


El desarraigo de nuestra época. a pesar de sus éxitos materiales. demuestra que el bienestar, la abundancia de los bienes y la eliminación de la enfermedad no traen ni la felicidad individual ni la calidad de las relaciones humanas. La felicidad es contagiosa y, por esta razón, su práctica es un deber. Los miembros más útiles del cuerpo social no son necesariamente aquellos que aumentan la producción o el conocimiento, sino aquellos que contribuyen más a la alegría de vivir.

No hay comentarios: